El desajuste evolutivo que nos enferma

“Nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución”.

Theodosius Dobzhansky

La medicina moderna ha demostrado ser exitosa a la hora de tratar enfermedades infecciosas, traumas o accidentes graves, o a la hora de reducir la mortalidad infantil.

En el mundo occidental actual gozamos de una seguridad que nos ha permitido reducir drásticamente las muertes por hambre, frío, accidentes en la naturaleza, luchas con otras tribus o ataques de depredadores.

Sin embargo, donde la medicina y nuestro estilo de vida no han demostrado ser exitosos, sino más bien todo lo contrario, es a la hora de tratar las llamadas enfermedades crónicas de la civilización.

La mayoría de las enfermedades degenerativas que asolan nuestra sociedades industrializadas son raras o no existen entre las poblaciones cazadoras-recolectoras o las poblaciones más tradicionales. No solo no padecen apenas enfermedades crónicas como la diabetes, el cáncer o enfermedades cardiovasculares, sino que, por lo general, su salud general es bastante mejor que la de los países industrializados.

Todos los seres vivos son el resultado de las interacciones que han tenido a lo largo de su evolución con su entorno y con los demás seres vivos, desde los más grandes hasta los más minúsculos. También los humanos. Para entender qué necesitamos para que nuestro cuerpo pueda funcionar óptimamente, tenemos que entender de dónde venimos, qué nos ha configurado como especie.

A lo largo de la evolución humana han habido tres grandes períodos o eras que han supuesto una revolución en nuestro modo de vida, cuatro contando el momento actual:

-Era Paleolítica: desde hace unos dos millones y medio de años hasta el inicio de la agricultura.

-Era Agrícola: desde hace unos 10.000 años hasta el comienzo de la Era Industrial.

-Era Industrial: empezó en la segunda mitad del siglo XVIII.

-Era Tecnológica actual.

Cada uno de estos períodos nos trajo una serie de cambios importantes en el estilo de vida. Durante la Era Paleolítica, que abarca el 99,6% del tiempo que nuestra especie ha estado sobre el planeta, fuimos nómadas cazadores-recolectores. Se trata de un período de más de dos millones de años. Un cambio significativo que se produjo en este período fue pasar de ser carroñeros oportunistas a convertirnos en cazadores. Otro gran cambio fue el control del fuego, usado tanto para calentarse como para cocinar.

La Era Agrícola propició cambios notables, una verdadera revolución en el modo de vida. Nuestros ancestros pasaron de ser nómadas cazadores-recolectores a asentarse en poblados y convertirse en agricultores ganaderos. Este período supone un 0,4% del tiempo de la evolución humana.

La Era Industrial también supuso una revolución de aúpa. La población fue pasando de ser agrícola a convertirse en una sociedad urbana, industrializada y mecanizada. Supone apenas el 0,004% del tiempo de nuestra especie en el planeta, un suspiro apenas en términos evolutivos.

Y así hasta llegar a la Era Tecnológica, con tantísimos cambios en nuestro modo de vida en un tiempo récord.

Cada uno de estos periodos supuso un cambio sustancial en el modo de vida de nuestros ancestros. Pero nuestros genes no cambian tan rápidamente. Recordemos, más del 99% del tiempo hemos sido nómadas cazadores-recolectores.

Nuestros genes y adaptaciones biológicas y fisiológicas serían en esencia paleolíticos, aunque nuestro entorno actual haya cambiado muchísimo y muy rápidamente en términos evolutivos.

Nuestro cuerpo espera movimiento constante, luz solar, contacto con la naturaleza, comida natural, suficiente descanso y adecuación del mismo a los ciclos naturales de luz-oscuridad, exposición intermitente a retos fisiológicos como el hambre, el frío o el cansancio derivado de la actividad física, exposición microbiana, relaciones cercanas, sentimiento de pertenencia a un grupo, una vida en definitiva construida en torno a un esfuerzo común de supervivencia y en esencia a ritmo lento. Son ese entorno y esas condiciones las que han configurado nuestro cuerpo, nuestra fisiología.

En cambio, actualmente somos más sedentarios que nunca, pasamos sentados la mayor parte del día y con entretenimientos pasivos mirando una pantalla, vivimos y trabajamos recluidos en interiores, sin apenas exposición a la luz natural y sobreexpuestos a la luz artificial, en entornos urbanos y con poco contacto con la naturaleza, estamos inmersos en la era de la sobreinformación y la no desconexión, sometidos a estrés crónico, con prisas y urgencias constantes, nos alimentamos con productos ultraprocesados y otros alimentos que no han formado parte habitual de la alimentación de nuestra especie, estamos sobremedicados y expuestos a tóxicos y sustancias químicas a las que nunca habíamos estado expuestos y vivimos aislados socialmente, con mucho contacto virtual pero con poco contacto interpersonal.

Y esta discordancia evolutiva nos está enfermando. Es la que está detrás, en gran parte, de muchas de las enfermedades crónicas degenerativas que sufrimos cada vez en mayor medida y a edades más tempranas, entre las que están las enfermedades cardiovasculares, la hipertensión, la diabetes tipo 2, el síndrome metabólico, la osteoporosis, el cáncer o las enfermedades autoinmunes.

Detrás de estas enfermedades crónicas se encuentran factores como la resistencia a la insulina, la inflamación crónica, el estrés oxidativo, un sistema inmune deprimido, disbiosis, desequilibrio o sobrecrecimiento de la microbiota intestinal, un intestino dañado o permeable, la pérdida de la capacidad respiratoria celular, mitocondrias disfuncionales o telómeros acortados prematuramente. Y, en la mayoría de los casos, varios de estos factores se dan a la vez, ya que están interrelacionados y tienen muchísimo que ver con nuestros hábitos, con esa discordancia evolutiva antes mencionada. Se podría decir que todas estas son señales que nos está enviando nuestro cuerpo indicándonos, casi gritándonos en ocasiones, que está siendo sometido a unas condiciones de vida para las cuales no está preparado. Y nosotros, la mayoría de las veces, hacemos oídos sordos a esas señales.

Si padeces diversas dolencias aparentemente sin solución y piensas que tu cuerpo te está traicionando, igual eres tú quien, sin saberlo, estás traicionando a tu cuerpo, y al pobre no le queda otra que enfermar.

Nuestra salud pasa por poner nuestro cuerpo a nuestro favor, por darle los estímulos que espera recibir, a los que está adaptado, para poder funcionar óptimamente.

No se trata de irnos a vivir a las cavernas como nuestros ancestros paleolíticos, sino de hacer modificaciones en nuestro estilo de vida y en nuestro entorno a favor de nuestra fisiología.

Recuperar y mantener nuestra salud pasa por echar un vistazo hacia atrás, hacia nuestro pasado, para entender a qué está adaptado nuestro organismo y qué necesita para poder funcionar adecuadamente. En nuestras manos está poner nuestro cuerpo a nuestro favor, respetar las adaptaciones y condiciones fundamentales básicas que necesita para tener salud.

Reconectar con nuestra propia naturaleza, acercarnos a nuestra esencia, puede tener un impacto positivo muy significativo sobre nuestra salud. Por contra, cuanto más nos alejemos de nuestra naturaleza, más nos estaremos acercando a la enfermedad.

2 comentarios en “El desajuste evolutivo que nos enferma”

    • No he leído todavía su último libro, lo tengo en pendientes, pero sí sus artículos en Fitness Revolucionario y sus programas y muchísimo hemos aprendido de él, claro, como también de Airam Fernández (Paleotraining), de Katy Bowman, de Mark Sisson, de MovNat o de muchos otros, la lista es enorme. Le debemos muchísimo a Marcos Vázquez, por supuesto, pero el artículo no está fusilado de su último libro, como dices. El aprendizaje sí que viene en gran parte de lecturas de sus artículos y mucho habrá en lo que contamos que ya haya contado, y mejor, Marcos Vázquez. Solo lo contamos a nuestra manera, no más, en parte como una manera de ordenar ideas para nosotros que compartimos sin más pretensiones. Saludos.

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